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Centro Universitario de la Costa Sur

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La epidemia de cólera morbus de 1833 en Guadalajara: historia, biología, medio ambiente y sociedad

“Si comparamos la epidemia a un incendio –analogía que les gusta a los epidemiólogos– entonces la masa humana implicada, la multitud, representa el combustible. La importancia cuantitativa del combustible permite la difusión del microbio agresor…” Norbert

Dra. Lilia V. Oliver

 

INTRODUCCIÓN

Tomando como estudio de caso una epidemia de cólera morbus que en 1833 diezmó la población de Guadalajara, quiero puntualizar que las pandemias y epidemias son fenómenos en extremo complejos, multifactoriales, medioambientales y sociales.

La teoría de las transiciones epidemiológicas ayuda a poner de relieve esa multicausalidad de pandemias y epidemias. Revisemos lo que menciona Gualde sobre dicha teoría. La primera transición epidemiológica se dio durante el Neolítico (10,000 a 12,000 años), se produjo también el primer cambio antrópico y se revolucionó la ecología del planeta. Hace 7 mil años aparecieron los agricultores y, con la domesticación de vegetales y animales, la cultura agrícola; a la par que propició que la población creciera, se modificó también la naturaleza y se abrió entonces el camino a los factores humanos que ocasionaron el surgimiento de las primeras epidemias. La revolución agrícola favoreció el paso de microbios de animales domesticados al hombre. Es muy probable que las poblaciones del final del Neolítico, después de domesticar animales, hayan contraído graves enfermedades infecciosas de origen animal, las llamadas Zoonosis.

Ejemplo de estas enfermedades son la tuberculosis (M. Tuberculosis-ganado),  difteria (bacteria Corynebacterium Diphtheriae-vaca), sífilis ( bacteria  Treponema pallidum-mono), gripe (virus de la influenza-pajaros y cerdos), sarampión ( Morbillivirus-perro), sida (VIH-mono)  y peste ( Y. Pestis-roedores ).

Por otra parte, la agricultura necesita sistemas de riego; la gestión del agua es un factor mayor en la participación de la agricultura en la aparición de nuevas enfermedades infecciosas, asunto que es muy importante para el tema de las epidemias de cólera. Los primeros agricultores hicieron fosas, estanques, trincheras de distintos tamaños, que sirvieron para regar sus cultivos, pero también para usos domésticos; las heces humanas y animales fueron utilizadas como abono, y la falta de higiene transformó esos almacenamientos de agua en caldo de cultivo de bacterias (tifoidea y cólera) y virus, y en lugares favorables a vectores microbianos como zancudos (plasmodium del paludismo) y moscas.

La segunda transición epidemiológica fue la del comercio y de la guerra, es decir, de actividades humanas que favorecieron los contagios. Los comerciantes permitieron los contactos entre poblaciones alejadas, y la epidemia de peste negra del siglo VI, conocida como plaga justiniana, es un ejemplo claro del rol que jugaron las guerras y el comercio en la progresión de una pandemia. La tercera transición epidemiológica se dio a raíz de las conquistas europeas, responsables de una diáspora microbiana casi universal, misma que anuncian la cuarta transición epidémica, la de la globalización. Nunca como hoy, con la pandemia de Covid-19, nos ha quedado claro que la mundialización también puede tener efectos nefastos para la salud.

BIOLOGÍA

Por lo que respecta al cólera morbus, como mencioné, la enfermedad surge en la primera transición epidemiológica. Es causada por una bacteria llamada Vibrio Cholerae, que se transmite vía fecal-oral, en general a través de agua contaminada con restos de excremento y en ocasiones por medio de la ingesta de alimentos contaminados con heces y vómito de enfermos. Es una enfermedad bacteriana aguda, caracterizada por un inicio brusco de diarrea acuosa, náuseas y vómitos, y posterior deshidratación rápida, acidosis, colapso circulatorio, hipoglucemia en niños, e insuficiencia renal. La tasa de letalidad (el número de personas que pierde la vida dividida por las que se contagian de la enfermedad) puede alcanzar el 50%; actualmente, con tratamiento adecuado, es de 1%. El único reservorio de la enfermedad es el hombre. En 1854, el inglés J. Snow determinó que el agua contaminada era el principal medio de transmisión de dicha enfermedad, y en 1884 el alemán R. Koch identificó el bacilo curvado llamado Vibrio cholerae como causa de la misma.

SOCIEDAD

Aun cuando el Vibrio cholerae debió surgir, como dije, desde tiempos remotos, se propaga como pandemia y epidemia hasta el siglo XIX.  Su hábitat natural fue, por siglos, el valle del río Ganges, de donde salió en mayo 1817 y se diseminó por el mundo. Los epidemiólogos identifican 7 grandes pandemias de cólera a lo largo de dicho siglo. Los factores que caracterizan la segunda transición epidemiológica, como mencioné, fueron el comercio y la guerra, factores que jugaron un papel importante para que el cólera se diseminara por el mundo en el siglo XIX. Se le conoció también como la enfermedad de las arterias comerciales.

 La epidemia de cólera de 1833 de Guadalajara se registró durante la segunda pandemia de esta enfermedad (1827-1837). Revisemos las rutas de propagación hasta su llegada a Guadalajara. En 1827, la enfermedad salió por segunda ocasión de su hábitat natural. Diversos conflictos bélicos llevaron el contagio a Rusia, de manera que durante el invierno de 1830 una devastadora epidemia se registró en  Moscú. Al siguiente año las tropas rusas llevaron la enfermedad a Polonia, de ahí se introdujo al norte de Europa y por mar llegó a Inglaterra e Irlanda. En 1832 atravesó el Atlántico en buques comerciales y los migrantes llevaron el contagio a Canadá; del puerto de Quebec bajó a la costa este de Estados Unidos, y en Boston, Nueva York y Nueva Orleans se registraron mortíferas epidemias. Procedente de Nuevo Orleans, el contagio llegó a nuestro país por Tampico y Campeche, y durante tres meses diezmó a la población de la joven república. Fue la primera epidemia que llegó a nuestro país directamente de Estados Unidos, como lo hizo notar la historiadora Elsa Malvido; antes del cólera de 1833, la epidemias procedente de España llegaban por el puerto de Veracruz. A Guadalajara llegó vía Tampico, pasando por San Luis Potosí. A la capital de Jalisco entró por la región de Los  Altos, como comprobó el historiador David Carbajal. El 24 de julio de 1833 se registró la primera víctima, con la muerte de Saturnino Jiménez Cabello, un niño de 10 años que vivía en el centro de la ciudad. El martes 13 de agosto de 1833 la muerte asoló las calles de Guadalajara, como en otras epidemias; en el transcurso de ese día, 238 personas murieron a causa del cólera. La epidemia duró en la ciudad casi dos meses. Se registraron 3,275 muertes por cólera en Guadalajara, cuya población estimada era de 44,928 habitantes, por lo que la epidemia acabó con el 7.3% de la población, aun cuando la mortalidad debió ser mayor por el común subregistro carcateristico durante las epidemias; por ejemplo, el párroco del Santuario murió de cólera, por lo que ya no se continuó el levantamiento de actas.

Asa Briggs, en su trabajo “El cólera y la sociedad en el siglo XIX”, menciona que la enfermedad atacaba a los pobres de una manera especialmente despiadada. Como en todas las pandemias y epidemias a lo largo de la historia, los más vulnerables social y biológicamente son los más castigados, justo como esta sucediendo actualmente con la pandemia de Covid-19. Durante la epidemia de cólera de Guadalajara de 1833 encontré, de manera contundente y con datos estadísticos, el postulado anterior; sin duda se trata de uno de los momentos más luminosos de mi trabajo como historiadora de las epidemias.

 En un tiempo en el que se desconocía todo sobre la enfermedad, y podríamos suponer que todos estaban en las mismas condiciones de morir, las tasas de mortalidad que encontré por parroquia y barrios de Guadalajara en 1833 nos dejan ver que tenían mayores probabilidades de morir de cólera los pobres de los suburbios de la ciudad que los habitantes de los barrios céntricos. Este enfoque epidemiológico en el estudio de una epidemia en nuestro país que realicé hace más de 30 años, fue luego retomado para la ciudad de México en otras investigaciones. Mientras que en el barrio de origen indígena de Analco la tasa de mortalidad fue de 120.40 sobre mil habitantes, en el barrio céntrico del Sagrario la tasa se redujo a 46.53 sobre mil, es decir, menos de la mitad de la tasa registrada en Analco. Con estas tasas de mortalidad por parroquia, de manera general podemos constatar que en los suburbios, donde vivían hacinados los más pobres y las condiciones de insalubridad eran más nefastas que en el centro, la mortalidad se elevó al doble en relación con los valores registrados en la parte céntrica, donde en general vivían los más privilegiados y mejor alimentados de aquella sociedad. En el centro también falleció gente muy pobre, según lo pudimos constatar con otra información. En las actas de defunción que se levantaban en las parroquias se anotaba la “calidad del entierro”, que dependía de la cantidad de dinero que pagaban a la iglesia por realizar los servicios fúnebres. En las 3,037 actas de muertos por cólera en los que se anotó la calidad del entierro, encontré cinco categorías: entierro solemne, entierro alto, entierro bajo, entierro humilde y entierro de limosna. En 99% de los casos, los coléricos fueron enterrados de limosna, lo que significaba que eran de pobreza reconocida, por lo que el párroco podía ofrecer la ceremonia de limosna. Se abrió también para ellos una fosa común, que el pueblo la llamó “la capirotada”, por la forma en que se acomodan los panes en este postre, unos sobre otros, y la manera en que se acomodaban los cadáveres en esa fosa, unos sobre otros. Cuando un pobre moría de cólera, se escuchaba decir en Guadalajara: “ya lo llevan a la capirotada”. Las personas enterradas en este tipo de fosas eran “como peces”, según el poema del italiano Belli, quien dedicó unos versos a los fallecidos en una epidemia de cólera en Roma: El poema dice así: “Está después una tercera especie de figuras, otra suerte de muertos que caminan sin velas, ni cajas en la sepultura. Estos somos nosotros, Clementina, que como peces en la pescadería nos arrojan a la fosa común por la mañana”. Estas líneas me hacen recordar las fosas comunes de Nueva York y en otras ciudades utilizadas durante la epidemia de Covid-19 que actualmente está asolando al planeta.

Ahora bien, esto no significa que personas de estratos acomodados no murieran de cólera. Recordemos al gran jurista tapatío Mariano Otero, que en 1850 murió en la ciudad de México durante la segunda epidemia de cólera, a la edad de 33 años.

 Por lo que respecta a la mortalidad por grupos de edad, el cólera cobró su cuota en mayor proporción entre los grupos más vulnerable: infantes y adultos mayores, aun cuando estos últimos murieron en mayor proporción. El cólera fue, en términos relativos, una enfermedad de la pobreza, y lo sigue siendo actualmente. Esta enfermedad dejó en claro –y lo sigue haciendo– la perversa relación entre pobreza y enfermedad, y también hizo visibles las condiciones de insalubridad y mugre en las que se vivía en esas épocas y actualmente en las regiones y países más pobres.

CONCLUSIÓN

Como reflexión final, quiero decir que el contagio en una epidemia de cólera o de cualquier enfermedad epidémica puede afectar a cualquiera, pero siempre afecta a los más vulnerables. La pobreza material es una, pero hay que incluir la edad, las comorbilidades, el género, el grupo étnico, por lo tanto también hay una desigualdad social ante la muerte. Que las pandemias de cólera en el siglo XIX hayan diezmado a la población fue lamentable, pero que actualmente, cuando se sabe cómo abatirla, siga cobrando vidas en países más pobres del planeta, es INMORAL, como también lo son los efectos de la huella del hombre en la naturaleza. De manera que el calentamiento global, la deforestación, la agroindustria y la producción ganadera a gran escala y la pobreza extrema de millones de habitantes en el planeta son el caldo de cultivo perfecto para el surgimiento de nuevas enfermedades, como el Ébola, el SIDA o el  Covid-19. El cólera morbus, actualmente menos aterrador que el del siglo XIX, sigue cobrando vidas entre los pobres de Asia y África. Lamentablemente en Haití un brote de cólera en 2010 causó la muerte de 8,053 personas.

La solución a las epidemias y pandemias no está solamente en la aplicación de las vacunas. Es necesario también parar la pérdida de la biodiversidad, porque su cuidado es una forma eficaz de proteger la salud humana. Sin una naturaleza sana tampoco habrá salud humana. Sin justicia social tampoco habrá salud para todos. Ojalá que con el mismo entusiasmo con que estamos esperando –y se está ya aplicando– la vacuna contra el Covid-19 cuidáramos el planeta, en un momento en el que, para algunos ecólogos como Enrique Jardel, estamos suspendidos y a punto de caer al abismo. A pesar de ello, me mantengo optimista. Ojalá que la pérdida de tantas vidas humanas durante las pandemias, epidemias y endemias en el pasado y este doloroso presente, muevan las conciencia de los más poderosos, tanto países como personas, por la salud y el bien de la humanidad, y que cada uno de nosotros seamos solidarios con los que menos tienen, cuidemos del planeta y de nuestra propia salud.

 

Fotografía alusiva al tema: http://henaresaldia.com/el-colera-la-gran-pandemia-del-siglo-xix-en-guad...